jueves

¡Tengamos el valor de servirnos de nuestro propio entendimiento!

Si lo que queremos es ir a la zaga de los países primermundistas, aceptemos, entonces, las reformas propuestas por la Rectoría de la UANL. Pero antes tomemos en cuenta que la inserción de los nuevos planes de estudio es un proyecto que sigue el modelo adoptado por las otras dos “grandes” instituciones de educación superior en Monterrey: la UDEM y el ITESM. Ambas instituciones manejan la Licenciatura en Humanidades con acentuaciones y ambas han fracasado en la formación de científicos, si bien, quizás no lo hayan hecho en la formación de “humanistas de café”. ¿Qué quiere decir esto? Que los criterios que tenemos en mente los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León son mucho más amplios que el simple diletantismo y la erudición superficial. Una universidad pública, en una nación que creció con los ideales revolucionarios y socialistas (por más dormidos que estén ahora), tiene la responsabilidad de entregar al pueblo (y no a las empresas) investigadores que se ocupen de resolver los problemas nacionales y, en último término, mundiales. Por ello, es fundamental que no vallamos tras los desperdicios que nos dejan esas dos “magníficas instituciones” (por ser privadas y por ir a la punta de la tecnología), y, particularmente, no adoptemos los parches que el ITESM ha intentado poner a los huecos que deja la educación tecnológica. Las circunstancias son otras, nosotros estudiamos en una UNIVERSIDAD no en un tecnológico. Por esta razón, la propuesta de eliminar algunos colegios de la Facultad de Filosofía y Letras conducirá a un inminente fracaso (o éxito, considerando que, posiblemente, la desaparición de la Facultad sea la intención última de esas modificaciones). De cualquier modo, la dificultad se presenta, al menos, por dos frentes: el primero consiste en que las respuestas siempre deben darse en el marco de las condiciones concretas del problema, en este caso la Universidad no es un Tecnológico; el segundo consiste en que el mismo modelo curricular que pretenden establecer en la Facultad posiblemente sea un modelo fallido (la cantidad no es calidad, un plan de estudios generalizado no es necesariamente un buen plan de estudios).

Nada indica que los nuevos programas educativos sean la respuesta a los problemas de la educación superior. La especialización, además de entregar resultados inmediatos, está abriendo nuevos problemas. Una de las cuestiones centrales en los países primermundistas es dar respuesta a la falta de cohesión social, la cual es una consecuencia, entre otras cosas, de la fragmentación del conocimiento y las condiciones laborales. En pocas palabras, nada garantiza el éxito de las nuevas tendencias, aún cuando sean mundiales. La cuestión es, entonces, la siguiente: ¿por qué habremos de caer en el fracaso de otras universidades si podemos adelantarnos a él?

No caigamos en la trampa de creer que los productos de importación son mejores que los nuestros. La realidad es que el sistema de enseñanza de las humanidades en el nivel superior está en crisis en todo el mundo. Seguir por el camino que nos proponen las autoridades de rectoría implicaría ir tras los errores de los demás países. Es por ello que hay que ser originales y buscar resolver nuestros problemas desde las raíces. Estudiemos nuestra situación y no intentemos dar respuestas sencillas a una cuestión de gran importancia. Es cierto que son necesarias las modificaciones a los planes de estudio, pero la manera correcta de hacerlo no está en la respuesta que propone el Director de nuestra Facultad (es decir, la propuesta de Rectoría). Sólo basta considerar los problemas internos que están implícitos en dicha propuesta, como por ejemplo, ¿quién va a dar las clases de las acentuaciones en unos años si ya no va a haber Lic. en Letras, Filosofía, Sociología, etc.? Para ello sería necesario crear un postgrado para cada una de las acentuaciones, ya que es difícil creer que en un futuro hagan lo que hace años no hacen, esto es, traer maestros investigadores de otras universidades. Pero aún hay que considerar que los postgrados no son más que una forma de mitigar el ímpetu de los estudiantes orientándolos hacia una sobre-especialización que se pierde en el interés de mantener una beca, un contrato o una plaza. Así, irá desapareciendo poco a poco el desairado espíritu que aún pervive en la Facultad, hasta perecer completamente. Y es bien sabido por los estudiantes y egresados de estas carreras que uno de los pilares de nuestras licenciaturas es el espíritu crítico que se respira (o, al menos, debiera respirarse) en las aulas. De este modo se realizará el plan que desde hace más de diez años va fraguándose: el desaparecer la Facultad de Filosofía y Letras. Sin espíritu, sin maestros propios, sin ideología, sin verdadera investigación, las venas de esta casa de estudios serán drenadas por quién sabe qué intereses de un grupo de burócratas que ansían el visto bueno del “capital” regiomontano.

¡Tengamos el valor de servirnos de nuestro propio entendimiento para hacer una verdadera reforma en la Facultad de Filosofía y Letras! ¡No tenemos por qué estar tras los pasos de ninguna otra institución para que un nuevo plan de estudios sea válido!

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